La sociedad del estilo lúdico

No hay escritor de novelas o de prensa que se atreva a decir lo que sabe, sin expresarlo con estilo lúdico. Los que no son modernitarios son apartados de los medios. Sin alma propia, los mirones de lo otro crearon el pensamiento débil del consenso. Tras el fracaso de las rebeliones juveniles del 68, prosperó la “filosofía lúdica“, la que importaron los pseudo-intelectuales españoles de la Transición. No hay estilo lúdico sin mentalidad lúdica, sin miramientos a la fama propia mirando a los famosos. Los escritores de la espectacularidad, queriendo ser parte de ella, se ofrecen ellos mismos en triste espectáculo. No presentan arte ni pensamiento, pero representan la inmersión de los intelectuales en la espectacularidad de las distracciones sociales, con las que eluden la visión de la realidad y la libertad política. El primer “homo ludens“, el mirón de España a la negación de España, es el Rey.

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El conformismo político de los intelectuales

La telebasura y “la hinchada universal“ han inyectado a los intelectuales no tanto los gustos de las multitudes, ni sus pasiones lúdicas, eso no tendría trascendencia, como el horror por el pensamiento serio, el asco de la sensibilidad espiritual, la abominación de la estética, la indiferencia ante la verdad, la transformación en mercancía de la cultura, el desprecio de la creación científica y, sobre todo, el conformismo político con los desmanes y corrupciones del poder en el Estado de Partidos.

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La guerra también es un espectáculo

La aventura del pensamiento se hizo la ilusión, con la fenomenología pura, de que llegaría a comprender la esencia del mundo si dejaba de mirarlo. Pero no contaba con el hecho de que el modo de pensar y de escribir en las sociedades espectaculares, y ninguna anterior hizo espectáculo – como la actual – hasta de la guerra, llegaría a ser el típico del mirón descarado y del “homo ludens“.

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Españoles espectadores

La contemplación de espectáculos distingue la humanidad del resto de los animales. Su capacidad de teorizar comenzó a ser conciente de sí misma en la contemplación pasiva de espectáculos. Los griegos llamaron teoría a la acción de mirar juegos y festivales sin participar en ellos. El espectador, como el mirón, es prototipo del teórico. Ortega lo tomó como lema.

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