Discurso de Perón, 1 de mayo de 1952

Ningún bien económico es, en el sentir de nuestra doctrina, propiedad absoluta del individuo o del estado.

La reforma bancaria, su consecuente reforma de nuestro sistema monetario y la inversión del sistema crediticio son, acaso, las más visibles aplicaciones de aquel principio económico esencial.

En el sistema capitalista la moneda es un fin y no un medio; y a su valor absoluto todo se subordina, incluso los hombres.

En la memoria de todos está el recuerdo de los tiempos en que toda la economía nacional giraba en torno del valor del peso. La economía y, por lo tanto, el bienestar social- estaba subordinada al valor del dinero y éste constituía el primer dogma inviolable de la economía capitalista.

Nosotros hemos invertido esa escala de valores y decimos que el valor del dinero debe subordinarse a la economía del bienestar social. Hemos desligado peso de su sagrado respaldo en oro. Ello no significa negar el valor del oro. En un mundo que lo utiliza como moneda internacional, no podemos despreciarlo en su calidad de medio de pago internacional, pero estamos convencidos de que es mejor tener trigo y carne que dólares y oro.

En el orden interno, la economía social de nuestra doctrina establece que la moneda es un servicio público que crece o decrece, se valoriza o desvaloriza en razón directa de la riqueza que produce el trabajo de la nación. Yo me pregunto si es posible tener en circulación en 1951, con la renta nacional que tenemos, la misma cantidad de dinero que en 1945, cuanto la renta era cuatro veces menos. Para servir a un país de gran actividad económica se necesita, más dinero que para servir al movimiento económico de un país poco desarrollado.

El dinero tiene para nosotros un solo respaldo eficaz y real: la riqueza que se crea por el trabajo. Vale decir que el oro que garantiza el valor de nuestro peso es el trabajo de los argentinos. El peso no vale -como ninguna otra moneda- por el oro que se adquiere con él, sino por la cantidad de bienestar que pueden comprar con él los hombres que trabajan.

Me tiene sin cuidado el valor que le asignan a nuestro peso quienes lo relacionan con el oro o con el dólar, porque ni el oro ni el dólar engendran la riqueza. Por otra parte, ni el oro ni el dólar son valores absolutos y, en último término, también dependen del trabajo.


Felizmente, rompimos a tiempo con todos los dogmas del capitalismo y no tenemos de qué arrepentimos. No les pasa, en cambio, lo mismo a quienes aceptaron de buena o mala gana las órdenes o las sugerencias del capitalismo y amarraron la suerte de sus monedas al destino de la que acuña o imprime en las metrópolis, cifrando toda la riqueza del país en las monedas fuertes que circulaban por él sin producir otra cosa que capitales de comercio y de especulación.


Nosotros despreciamos el valor de las monedas fuertes y elegimos crear, en cambio, la moneda del trabajo, quizá un poco más dura que la que se gana especulando, pero por eso mismo menos variable en el juego mundial de las monedas.


Mientras los argentinos quieran trabajar y producir, crearán la moneda efectiva y real, el peso, cualquiera sea el valor que le asignen en los mercados del capitalismo, y no entrará jamás en la crisis que le auguran desde 1946 nuestros obtusos críticos, cuyas finanzas giran alrededor del dólar, que, de paso, suele ser también la moneda que paga sus ataques y sus traiciones.

En términos de economía social, es necesario establecerlo definitivamente: la única moneda que vale para nosotros es el trabajo y son los bienes de producción que nacen del trabajo. La valorización de la moneda no tiene como efecto final el incremento de los capitales, sino el aumento del poder adquisitivo de los salarios. Los salarios tienen mayor poder adquisitivo no en la medida del valor del peso sino en la medida en que el trabajo que se paga con aquellos salarios produce bienes útiles a la comunidad.

Para realizar todo esto, la República Argentina ha tomado plena posesión de su moneda convirtiéndola en un simple servicio público, aun cuando a algunas mentalidades capitalistas esto les suene a desplante de herejía.

Podemos decir lisa y llanamente que los argentinos hacemos lo que queremos con nuestra moneda, supeditando su valor al bienestar de nuestro pueblo. Por otra parte, en último análisis, y aun cuando parezca contradictorio, es lo mismo que hacen las metrópolis del capitalismo, que cumplen sus dogmas según la conveniencia, único canon invulnerable de la doctrina que sustentan.

La herejía que nosotros hemos consumado en beneficio del pueblo es la misma que los imperialistas realizan para expoliar al mundo. Nosotros desvalorizamos el peso argentino y así compramos todo lo que era nuestro y todos los capitales que ahora producen y sustentan nuestro bienestar, del mismo modo que ellos desvalorizaron sus monedas para cobrarse la guerra (se refiere a la II GM) que, al fin de cuentas, hicieron con hombres y con dinero de satélites y colonias.

La prueba que da valor a nuestra reforma monetaria está en las cifras de nuestra situación. Desde diciembre de 1946 a diciembre de 1951 nuestra circulación monetaria aumentó, mientras que las reservas de oro y divisas disminuyeron; pero, en cambio, repatriarnos nuestra deuda externa, nacionalizamos empresas y servicios públicos, ampliamos el tonelaje de nuestra flota mercante poniéndola entre las primeras del mundo; crearnos nuestra flota comercial aérea; industrializamos el país con más de 20.000 industrias nuevas; la renta nacional aumentó, y todo esto es riqueza auténtica y son valores materiales que siguen produciendo la riqueza que después se distribuye en el pueblo por los caminos abiertos de la justicia social.

Con oro y divisas -valores improductivos- hemos adquirido valores productivos. Creo que esto era lo sabio. Así como la moneda dejó de ser, en la economía social, el signo del capitalismo imperante, también el crédito pasó a integrar nuestro sistema con la modificación de los principios que lo regían.

El Banco Central de la República era un instrumento de la Banca Internacional y de su hija, bastarda pero servil, la oligarquía de nuestro país. Ahora es un instrumento del gobierno argentino y sirve al pueblo como cualquier otro instrumento del estado.

Antes de 1946 el sistema bancario era dirigido por extranjeros, ya que los bancos particulares -todos extranjeros—, con un aporte, equivalente a un 30% del capital inicial aproximadamente, manejaban las asambleas, ejerciendo así prácticamente la conducción económica de país.

Ahora el sistema bancario es dirigido por el gobierno que elige el pueblo. Cuando los bancos servían al capitalismo extranjero y a la oligarquía nacional, lógicamente los créditos bancarios, lo mismo que las divisas… , en una palabra, la moneda de ahorro y la moneda de producción engendrados por el trabajo del pueblo, tenían siempre los mismos destinatarios, que de ninguna manera iban a promover una actividad de beneficio social.

Desde 1946 el crédito tiene como destinatario el pueblo. Hay en esto una elemental razón de equidad y de justicia: aun cuando los capitales bancarios se integrasen con dinero de unas pocas empresas, como ocurre por lo general en el sistema capitalista, siempre, en última instancia, nace del trabajo que lo crea y debe volver en su redistribución al pueblo que trabaja.

Por eso también, en los últimos tiempos sobre todo, he venido insistiendo en la necesidad de que ya sea el pueblo mismo quien capitalice al país por medio del ahorro. Antes el ahorro del pueblo no tenía sentido porque, utilizado por los bancos en beneficio del capitalismo, lo único que hacía era añadir un poco más de leña al fuego de la explotación a que se sometía a los trabajadores. Ahora sí, el ahorro del pueblo tiene sentido… , no sólo porque es una garantía de previsión extendida como un cheque sobre el porvenir, sino también porque es dinero que vuelve al pueblo en bienestar social, creando en su círculo permanente riquezas nuevas que sirven como bienes del pueblo y de la patria.

Señalo, en este momento para el futuro y como política crediticia ideal de nuestra doctrina económica, los siguientes objetivos:

1) El crédito bancario debe servir para que cada argentino construya su propia casa.

2) El crédito bancario debe posibilitar a cada agricultor la adquisición de su propia tierra.

3) El crédito bancario debe posibilitar la organización cooperativa de la producción agraria, minera e industrial, y la actividad comercial consecuente de las mismas debe tener privilegio en el crédito sobre las actividades económicas individuales.

Estos objetivos, exigen que el pueblo vaya capitalizando al país con el esfuerzo de su producción y de sus ahorros. Producir y ahorrar deben ser dos pensamientos permanentes gravados en la conciencia económica del pueblo.

Los países capitalistas cifran su poderío en la capitalización de los monopolios y de las grandes empresas. Los países comunistas cifran el poder de su economía en la capitalización del estado.

Nuestra doctrina, también aquí en su clásica tercera posición, fundamenta todo el poder de su economía en la capitalización del pueblo, creándose aquí también una circulación permanente de valores económicos entre el pueblo y la economía.

“La República Argentina ha tomado plena posesión de su moneda convirtiéndola en un simple servicio público y, aún cuando a algunas mentalidades capitalistas esto les suene a desplante de herejía, podemos decir lisa y llanamente que los argentinos hacemos lo que queremos con nuestra moneda, supeditando su valor al bienestar de nuestro pueblo.”

Gracias, jota jota

Salvaje cantonalismo socio-laboral

La Sociedad Laboral, como cualquier concepto, se puede enfocar desde diversos ángulos, entre ellos el de generación de prosperidad colectiva. Existen otros, tales como innovación y desarrollo de la cultura (formación, investigación, progreso, bienestar común, etc.), equilibrio economía y paz so-cial, ocupación y desarrollo personal, disposición de recursos para el ocio y descanso, previsión futura para la madurez, y de forma complementaria la equidad distributiva, la igualdad, la justicia y la solidaridad.

Los elementos esenciales que deben procurar e incentivar esas acciones son la educación, la em-presa, el gobierno y la legislación “a quo”. Todos estos factores están, o deben estar, al servicio de la mayoría. Si existieran obstáculos, se removerán para disponerlos al servicio colectivo; es la su-pervivencia armónica de la Sociedad lo que está en juego.

Pero cuando diversos agentes se vician e incluso se oponen a ese propósito, la Sociedad Laboral fracasa y vulnera los compromisos empeñados. Así los educandos no encuentran su profesión, los investigadores no hallan vías de aplicación y excelencia, los trabajadores no están motivados (dentro y fuera de la empresa), los jubilados están siempre amenazados en su pensión, no hay normas claras para las empresas, no hay proyectos estatales comunes, ni utopías que perseguir, …

El mérito, la voluntad, la calidad, el provecho universal, el prójimo, la satisfacción recíproca, la recompensa de colaboración, el equipo científico, las metas colectivas, el prestigio profesional, la integridad ética y moral, etc., todos estos factores y otros han sido y son combatidos por la individualidad, la suerte, la fama, el “pelotazo”, el privilegio, la exclusión a cierta edad, la corrupción política, la “desprogramación cultural”, el fraude laboral o economía sumergida, la alabanza de la pereza, “vivir el momento”, la insolidaridad, el refuerzo de lo que separa y enfrenta, etc.

Vamos hacia un cantonalismo socio-laboral en todos los aspectos. Los sindicatos no prevén las graves consecuencias de esta conducta social y se dedican a gestionar su “corrá” como la canción, sin potenciar la participación. La Sociedad Laboral no es distinta de la Política y ésta se encamina a la disgregación. Los partidos tampoco lo perciben y se disponen a llegar a las próximas elecciones, evitando la implicación y compromiso de la ciudadanía y propiciando el “sálvese quien pueda”. [Comentario original]

Que la libertad haga justicia

El sustrato común de moralidad y sensibilidad cultural que anima al MCRC, es el fundamento social de la democracia politica y la Republica Constitucional que perseguimos. Y precisamente por eso, aunque es evidente que todo el mal no proviene de la falta de democracia, no podemos cometer la torpeza de introducir debates sobre cuestiones que no afectan diretamente a nuestros objetivos. No procuramos una sociedad justa ahora, sino una sociedad libre. Y ¡que la libertad politica la haga justa! [AGT]